24 de septiembre de 2026
Hay un ejercicio que deberíamos hacer todos antes de indignarnos por un caso de corrupción: comprobar si nuestra indignación depende de las siglas de quien aparece imputado. Si la respuesta es sí, no es indignación por corrupción; es tribalismo con excusa jurídica.
España tiene, por desgracia, casuística de sobra para ilustrar que esto no es patrimonio de un solo partido. La trama Gürtel dejó sentencias firmes por una red de corrupción vinculada al PP, con condenas confirmadas en distintas instancias y consecuencias políticas de primer orden, incluida una moción de censura que cambió el Gobierno de España. El caso de los ERE en Andalucía dejó condenas firmes, ratificadas por el Tribunal Supremo, contra altos cargos del PSOE por el uso irregular de fondos públicos destinados en teoría a trabajadores en riesgo de exclusión. Dos partidos distintos, dos sentencias firmes, el mismo problema de fondo: dinero público desviado de su fin con la complicidad de estructuras de partido.
24 de septiembre de 2026
Llevamos años instalados en una anomalía que hemos terminado por normalizar: el Consejo General del Poder Judicial, el órgano que debería garantizar la independencia de jueces y magistrados, lleva año tras año con su renovación bloqueada o negociada como si fuera una cartera ministerial más. Y cuando el reparto de vocales se negocia por cuotas de partido, lo que se daña no es un organismo abstracto: es la confianza de cualquier ciudadano en que su caso se va a resolver por derecho y no por quién nombró a quién.
24 de septiembre de 2026
Cada vez que un vídeo de una intervención policial se hace viral, ocurre lo mismo: se juzga en treinta segundos de imagen descontextualizada lo que a un agente le ha tocado resolver en décimas de segundo, sin manual, sin editor y sin la posibilidad de repetir la toma.
No pido barra libre para nadie. Pido lo que pediría para cualquier profesión de riesgo: que el juicio se haga con los hechos completos, no con el fotograma que mejor genera indignación. Un policía no elige el conflicto al que acude; lo hereda. Va a la casa donde ya hay gritos, a la calle donde ya hay una navaja, al coche que ya no ha parado en el control. Y aun así, se le exige que la respuesta sea perfecta, medida al milímetro, mientras quien la ejecuta puede tener el pulso acelerado, información incompleta y a veces miedo real por su integridad física.