La corrupción no tiene un solo color político
Hay un ejercicio que deberíamos hacer todos antes de indignarnos por un caso de corrupción: comprobar si nuestra indignación depende de las siglas de quien aparece imputado. Si la respuesta es sí, no es indignación por corrupción; es tribalismo con excusa jurídica.
España tiene, por desgracia, casuística de sobra para ilustrar que esto no es patrimonio de un solo partido. La trama Gürtel dejó sentencias firmes por una red de corrupción vinculada al PP, con condenas confirmadas en distintas instancias y consecuencias políticas de primer orden, incluida una moción de censura que cambió el Gobierno de España. El caso de los ERE en Andalucía dejó condenas firmes, ratificadas por el Tribunal Supremo, contra altos cargos del PSOE por el uso irregular de fondos públicos destinados en teoría a trabajadores en riesgo de exclusión. Dos partidos distintos, dos sentencias firmes, el mismo problema de fondo: dinero público desviado de su fin con la complicidad de estructuras de partido.
Por qué me enfurece más que el propio delito. Lo que de verdad indigna no es solo que existan corruptos —eso, con controles débiles, va a pasar en cualquier organización humana—. Lo que indigna es la asimetría con la que reaccionamos según el carné del corrupto: exigimos dimisiones inmediatas cuando afecta al adversario y hablamos de “presunción de inocencia” o de “sentencias politizadas” cuando afecta a los propios, aunque el caso esté en fase muy avanzada o incluso ya sentenciado. Esa doble vara de medir es, en sí misma, una forma de corrupción moral que precede y alimenta a la corrupción penal.
Lo que pediría, con independencia del color. Controles previos más estrictos en la financiación de partidos, protección real y efectiva para quien denuncia desde dentro, plazos judiciales que no permitan que un caso se diluya en una década, y —sobre todo— que cada formación política aplique el mismo rasero a sus propios cargos que exige a los del rival. Mientras la corrupción se siga discutiendo como deporte de equipos, seguirá siendo rentable electoralmente para quien la señala en el otro y la calla en el propio.
En este blog trataré casos concretos según vayan teniendo movimiento judicial, distinguiendo siempre entre imputación, acusación y condena firme, y sin aplicar más benevolencia a unos que a otros por afinidad ideológica. Ese doble rasero es, precisamente, lo que más me enfurece de la política española.